MAMÁ, SOY MODELO

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Y aquí me podéis ver, intentando aparentar que me paseo con 15kg de ropa todos los días.

En las cinco grandes dimensiones de la personalidad se contempla una llamada “Apertura a la experiencia”. Y siempre ha sido aquella en la que me siento más retratada, aquella en la siento que puedo romper las gráficas y agruparme con el percentil más alejado de la media. Teniendo en cuenta que soy una habitante de provincias que os escribe desde el Lejano Oriente, podemos descartar la posibilidad de que me esté tirando el rollo. Como yo, muchos tenemos la capacidad de hacer aquello que coloquialmente se conoce como “apuntarse a un bombardeo”. Eso es sin duda un elemento esencial para las cosas que durante mi vida he tenido oportunidad de hacer. No creo que vengan a mí situaciones especialmente extrañas, sino que simplemente me siento abierta a dejar que entren dentro para sentarme a jugar con ellas un par de manos.

Como que, al salir de dos horas de coreano, un chico me pregunte si me puede hacer unas fotos. Por supuesto que la cultura popular y las películas de sobremesa me llevan a pronunciar un no rotundo desde el minuto uno. Pero entonces me cuenta más, desesperado con su inglés escaso, y un colega suyo me traduce y todo empieza a hilarse. Claro, házmelas.

Esa misma noche me llega un Kakao Talk (el WhatsApp coreano) de una chica que me pregunta por mi altura y me pide más fotos. Y al día siguiente me planto en una estación de metro llamada Myeonghak, la más cercana a la Sungkyul University, donde una semana después se celebra el desfile de graduación de la última promoción de Diseño de Moda y Belleza.

Y una suiza, cuatro alemanas, una noruega, una lituana y una española entran en un bar… y les ponen una tarta a forma de vestido. Soy la única de pelo oscuro y como tal me plantan uno de terciopelo rojo y tafetán blanco. Yo feliz. Viva España y viva yo, porque el vestido me sienta como un guante. Tomar medidas para las últimas puntadas, fotos de la cara para el diseño de maquillaje, y salir a un restaurante a tener la mayor comilona que he tenido desde que estoy en Corea.

Una semana después, la locura. Las seis de la mañana en pie, maquillaje, pelo, más maquillaje- ya soy oficialmente coreana, pues he sido capaz de quedarme dormida en circunstancias extremas, como teniendo una plancha del pelo a 900000 grados Fahrenheit a escasos milímetros de mi cara-, comer un kimbap rumiando más que masticando para no destrozar el maquillaje y, lo más importante, practicar el garbo una y otra vez subida a unos tacones como el Hallasan llevando cuatro capas de tela gruesa encima. Todo ello me autoriza para empatizar con ese tópico que nadie nos creemos: ser modelo es duro.

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Mientras esta foto era tomada, yo estaba empezando a volver a respirar.

Sonríe, pero no mucho, sostén el vestido, pero sin levantarlo demasiado, al llegar a tal sitio mira a la derecha, a la izquierda en tal otro, cuenta los pasos, intenta parecer natural, lleva el ritmo de la música. A la hora de la verdad, cuando tenía ante mí una pasarela a cada segundo más larga y unos focos rellenando mi solicitud para la ONCE, mi única meta era no caerme.

Todo salió bien (una de las alemanas no tuvo tanto suerte) y salvé la cara. Puedo decir que representé dignamente mi país en la metáfora del clásico chiste. Lo más bonito fue que mis compañeros de Málaga vinieron a verme y hacerme fotos (gracias a Primi por las fotos de esta entrada) y a dar el cante gritándome obscenidades que me llegaron al corazón. Después del desfile, a cenar mandu, y a casita. Tarde siglos en quitarme el maquillaje, que podéis ver en detalle en Instagram.

¿Que si me pagaron? Pues sí, y muy bien de hecho. Y hasta ahí voy a contar. Que se rompe la magia.

Postdata: Gracias a esto he descubierto que a mis homólogas de hace varios siglos les costaba respirar, les costaba comer, les costaba andar, les costaba sentarse y les costaba vivir. Un aplauso silencioso por ellas.

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