QUIZ: ¿SERÍAS UN LOSER EN COREA DEL SUR?

El puente de Mapo en Seúl, con mensajes positivos para intentar convencer a la gente de que no se arroje al río Han. En la imagen “¿Te preocupa algo?”

¿Qué es para vosotros el éxito? ¿Y el fracaso? Si me leéis como hablantes nativos del español probablemente pertenezcáis a un país donde la línea que separa uno del otro es bastante flexible. Pero desde donde os hablo, al sur de esta península de contrastes, la frontera entre el éxito y el fracaso es tan fina que la vida puede arruinarse por lo más mínimo.

El nivel de estudios, tu familia, nivel socioeconómico, cuestiones de apariencia física, y cuestiones en ocasiones de puro azar determinan el tipo de vida que se lleva en Corea del Sur. En España entiendo que todos tenemos más o menos la misma vida hasta que terminamos el instituto y después el espectro se abre hacia distintas formas de vivir que se consideran válidas en tu círculo cercano, de amistades, familiar y en la sociedad. Sin embargo el éxito en Corea se mide por la misma vara para todo el mundo. Estudiar en una buena universidad una carrera con salidas, casarte antes de los 30 para las chicas y los 35 para los chicos y poder permitirte comprar un apartamento para ese entonces son los requisitos indispensables básicos. Pero detrás de eso hay todo un checklist de cosas necesarias para poder considerar que tu vida merece la pena ser vivida en Corea del Sur. Como podéis suponer por la tasa de suicidios de este país, no es tarea fácil. Y es que el lograr con mayor o menor acierto estos hitos en tu carrera hacia quién sabe dónde determinarán tu salud, la persona con lo que podrás casarte y casi toda tu vida adulta.

Como yo lo veo. En Corea hay que pasar por el aro. En Occidente llegado cierto punto, no es tan necesario.

Vamos a jugar a un juego. Tranquilos, esto no es una película de miedo. Supongamos que nacéis coreanos o coreanas, y que vivís de forma que llegáis al punto en el que estáis ahora con la misma situación educativa y socioeconómica de vuestra vida no coreana. Vamos a ir descontando y sumando puntos dependiendo de lo que los coreanos consideran deseable y vamos a ver cómo de loser se puede llegar a ser. ¿Preparados?

  1. Nacimiento: Enhorabuena, ¡has nacido coreano o coreana! Súmate 30 puntos solo por eso. Obviamente los hijos de las familias multiculturales y los extranjeros no tienen ese empuje inicial. Si naces chica resta 10 puntos. Las mujeres en Corea del Sur ganan apenas un 63% de lo que ganan los hombres en el mismo puesto. Además se ha descubierto que en este país las pacientes de depresión son el doble que los pacientes. Las mujeres tienen primero una enorme presión estética a la que le sigue la carga familiar y la conciliación con el trabajo.
  2. Cuchara de plata, cuchara de palo: Esto es igual en todos los países, pero si vienes de una familia con pocos medios en Corea no te podrás permitir una educación decente pues apenas hay becas totales y además el acceso exitoso a la universidad se apoya en la educación privada. Si vienes de una familia acomodada suma 50 puntos. Si eres de una familia pobre, no hace falta que te restes nada. En Corea se valora el esfuerzo y les encantan las historias de ascenso hacia la cima desde la pobreza, como las pequeñas empresas que se convierten en grandes conglomerados, siguiendo el ejemplo de Hyundai. Así que todavía puedes triunfar. 
  3. Familia como Confucio manda: Los coreanos no miran con buenos ojos a las familias “desestructuradas”. Te va a costar encontrar futura esposa o esposo en ese caso. Si tu madre te tuvo soltera, resta 30 puntos, si tus padres están divorciados resta 15 puntos. 
  4. Religión: Si eres protestante estás de enhorabuena, compartes credo con la élite dominante de Corea del Sur, puedes sumarte 50 puntos sin problema. Si además tus padres y tú estáis en una congregación religiosa con reuniones a menudo, podrás tener acceso a una gran red de contactos que te ayudará en el futuro sin duda. Los coreanos miran mucho por los suyos y el clientelismo es moneda de cambio a niveles que incluso en España nos parecerían excesivos. Si eres católico o budista, suma 20 puntos, pues algo podrás sacar de las reuniones religiosas y en Corea está bien visto tener una religión. No obstante si eres agnóstico o ateo no te preocupes, no te restas nada ya que la libertad religiosa está más que aceptada. Ah no, espera. Si eres musulmán, resta 15 puntos. Pero eso no es exclusivo de Corea, ¿verdad? 
  5. Barrio: Es obvio que los barrios caros son más bonitos y más cuidados, ¿no? Pero en Corea hay un elemento más a tener en cuenta: el barrio en el que vivas determina el colegio al que puedas asistir, así que es posible que tus padres se endeuden para que tu código postal te permita a ir a un colegio de prestigio. Si vives en un buen barrio, suma 30 puntos.Bueno, ¡hasta el momento ni siquiera has podido elegir y ya vas con ventaja o desventaja! Vamos a ver qué puedes hacer por cambiarlo.

  6. Adolescencia: Tu adolescencia depende de estudiar e ir aprobando, aunque la nota que saques por el momento no es importante. Si no te metes en líos, te buscas algún escándalo o te pillan haciendo algo ilegal, vas bien. Lo importante es cuando te prepares el acceso a la universidad. Lo determinará todo. A partir de aquí empiezan las decisiones de vida o muerte.
  7. Acceso a la universidad: Si no consigues entrar en una universidad en Seúl, independientemente de tu ciudad de origen, resta 50 puntos. Si consigues entrar en Seúl pero no está entre las 20 mejores universidades (en Seúl hay más de 40), suma 20 puntos. Si consigues entrar en las 10 primeras, muy bien, suma 50 puntos, si consigues entrar en una de las SKY (Seoul National University, Korea University o Yonsei University), enhorabuena: te acabas de sumar 200 puntos.¿Notáis algo raro? ¿Por qué no hay una universidad que me de 0 puntos? En Corea no existe el término medio cuando se habla de universidades. O ganas o pierdes. Puedes perder y ganar poco o perder y ganar mucho. Pero nada va a dejar indiferente. Tu universidad representa lo que eres.

    “Pero, Ainhoa, un momento, yo no quiero ir a la universidad”. Ah, entiendo. Entonces, game over, eres un loser. Si solo en Seúl hay más de 40 universidades, más las que hay en la provincia de Gyeongi (la que rodea a la capital), más las del resto del país, es porque hay demanda de las mismas. No se concibe que alguien no vaya a al universidad, aunque sea un college donde hacer una carrera media. Hay tanto negocio con la educación y las universidades surgiendo como setas, que hay hasta gente que se queda con la carrera a medias porque le cierran la universidad a mitad, al no tener beneficios. Eso ha llevado a una sobrecarga de universitarios y a un inicio de problemas de paro en Corea del Sur. Es lo que muchos llaman Hell Joseon (no os perdáis ese enlace de Corea Ígnota donde lo explica genial).

  8. Origen: Si vienes de un pueblo o ciudad pequeña de Corea fuera del área de Busan, Seúl y Gyeongi (el área metropolitana de la capital), resta 15 puntos. Hay muchas bromas con los paletos de pueblo, como la que había en España hace ya muchos años. Si además usas saturi, esto es, un dialecto o acento muy marcado y que no consigues disimular para hablar en seoulmal o coreano estándar, resta 15 puntos más.
  9. Sexualidad: Homosexual, game over; trans, game over; género fluido, game over. Podría seguir pero os hacéis una idea. 
  10. Para hombres: Tienes que cumplir los casi dos años de servicio militar. Una enfermedad muy grave, que incluye las enfermedades mentales, podría impedirte que fueras. Pero no te lo recomiendo, si no vas quedará registrado en tu expediente y en todos los empleos que pidas tendrás que explicar por qué no fuiste al servicio militar y qué hiciste en su lugar. Obviamente tiene que ser por un motivo médico, no existe la objeción de conciencia, la alternativa es la cárcel. Si no vas, nunca serás un hombre completo (sea lo que sea que eso signifique). Si no cumples con tu país, resta 100 puntos.
  11. Para mujeres: Tu peso ideal es de menos de 50kg “Bueno, dependerá de la altura, ¿no?” No, si pesas más de 50kg es que eres demasiado grande, fin. Debes llevar maquillaje cada vez que salgas a la calle, siendo lo mínimo que te debes poner la base de maquillaje. Mientras que en otros países ante la falta de tiempo priorizamos maquillarnos los ojos o los labios, en Corea hay que priorizar llevar algo que te cubra la cara y disimule las imperfecciones y ojeras. Y no puedes ir a trabajar sin ello. Si tienes un cuerpo que no cumple los cánones coreanos (que tienen un rango bastante estrecho) y no te maquillas nunca (con base de maquillaje), resta 25 puntos.
  12. Enfermedades mentales: Son un tabú y quedan registradas en tu historial médico, por eso apenas se tratan. Si las tienen y han interferido en tu vida normal, resta 70 puntos.
  13. Matrimonio: Te tienes que casar a la edad destacada más arriba como máximo. Si bien no hacerlo antes era un game over automático, ahora las cosas están cambiando, especialmente porque muchas mujeres ahora deciden no casarse, a pesar de la presión familiar. Si no te casas siendo hombre réstate 30 puntos. Si no te casas siendo mujer réstate 50 puntos. Si consigues casarte y con alguien que tu familia aprueba, suma 40 puntos.

    Podríamos seguir, metiéndonos en más detalles sobre tener o no el doble párpado en los ojos, la forma de tu mandíbula, el trabajo de tus padres, el tipo de carrera que has escogido, el número de hijos que decides tener. Y un largo etcétera. Pero vamos a dejarlo aquí. Hagamos cuentas:

  • Si consigues 400 puntos, eres de pega, no sé que haces leyendo esto, deberías estar lanzando billetes desde tu limusina por Gangnam.
  • Entre 390 y 200 puntos eres un coreano que ha cumplido en la vida, y estás por encima de la media en muchos aspectos. Ejemplar.
  • Entre 200 y 0, tienes tus defectos, pero eres aceptable y tienes algo bueno en tu historial o una buena red de contactos.
  • En números negativos, eres un loser y te va a costar encontrar pareja y trabajo respetable.
  • Por debajo de -100 eres un total loser y un paria social. Tu esperanza es irte al extranjero donde a nadie le importe todo esto o encuentres a una pareja extranjera que no mida con la vara coreana tu biografía.

¡Espero que os haya gustado este pequeño experimento social! No os preocupéis si sois muy losers, aquí en Corea simplemente somos extranjeros y ¡esa es una categoría aparte de la que hablaremos en otro momento!

¡Dejadme abajo en los comentarios vuestra puntuación! Tengo mucha curiosidad.

Para animaros aquí os dejo de mi Instagram un paisaje relajante en el lago Gyeongpo, en Gangneung, una ciudad costera en la provincia de Gangwon, al este, a la que fui hace un par de semanas:

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NUESTRA TELARAÑA, NUESTRA MADRE

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Una telaraña en un puente de estructura ultramoderna en mitad de Central Park, en Songdo.

Me llama la atención la cantidad de telarañas que he podido ver en los casi dos meses que ya llevo en Corea. No creo que sea cuestión de que en España tengamos menos arañas, pero pasan más desapercibidas y hacemos más por eliminar sus vestigio, quizás porque las asociamos a la falta de limpieza y a lo viejo. En un país sin apenas papeleras como es Corea, donde se defiende a ultraje el reciclaje y cada uno guarda su basura para tirarla en su propia casa, sorprende ver en cualquier esquina de la ciudad enormes telarañas, a veces con su inquilina descansando tranquilamente en su entramado.

Esta me llamó especialmente la atención. Una telaraña gigantesca en una ciudad diseñada y construida de la nada como es Songdo, que tiene el sistema de basuras más moderno del mundo y donde no es extraño ver pequeños droides sobrevolando las calles, grabando o haciendo fotos. En uno de los puentes que cruzan el canal de Central Park, un esqueleto de metal de menos de un lustro de vida, descansaba como si nada la telaraña que podéis ver en la foto. Impertérrita ante tanta modernidad, estática y a la vez viva. Y ahí estaba, una estructura organizada conviviendo con otra. Una de metal, otra de seda. Una natural, otra de diseño humano.

Y en esa continua búsqueda de metáforas hermosas, me pregunté si al fin y al cabo Corea del Sur no se trata de eso. Una nación bien armada en acero, brillante, moderna y funcional; de la que sin embargo penden grandes estructuras jerárquicas, sociales y culturales. Pero no nos confundamos, no hablo de lastres. Olvidando la araña que la crea y el concepto negativo asociado a las telarañas, ¿no tienen esa especie de hermosura y simetría que nos hace maravillarnos de la capacidad de la naturaleza?

Me maravilla, igualmente, el funcionamiento asiático del que Corea es un ejemplo fascinante. Por su situación geográfica, por su historia y por su ritmo actual (y por actual entendamos los últimos 60 años). Alguien me dijo que la península coreana era como la Polonia de Asia. Hablando ayer con una amiga que está de Erasmus allí, me fue imposible no establecer el paralelismo. Invadida y arrasada a lo largo de los siglos y objeto de horrorosos crímenes de guerra (veáse el caso de las mujeres de confort, cuya historia aún es insuficientemente reconocida por el gobierno de Japón). En el caso de Corea, escindida cruentamente en dos de forma artificial y devastadora, con una consecuente guerra subsidiaria, que oficialmente sigue abierta, aunque ya desfasada y triste. El estado actual de las dos Coreas es un gramófono que sigue sonando con un disco rayado, cuando hace tiempo que los bailarines principales abandonaron la pista. Si os apetece una visión de conjunto, para mi gusto muy documentada, acertada e imparcial, podéis echarle un ojo a este genial post de Paella de Kimchi.

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“Masacre en Corea”, pintado por Picasso en 1951, fuertemente inspirado en la famosa obra de Goya. Fue recibido fríamente por la crítica y estuvo prohibido en Corea del Sur hasta 1990, por ser considerado antiestadounidense.

Por todo esto, una no puede dejar de empatizar con Corea y hacer por entender muchas de las costumbres de este lugar que por el siglo XVII era conocido como el “Reino Ermitaño”. Corea se siente orgullosa de sus telarañas como se siente de sus tradiciones y su cultura -a pesar de que no dejen de maravillarse cuando un occidental balbucea algo en coreano-. Y siguiendo el hilo -la telaraña- del idioma, no me canso de afirmar que éste nos regala grandes muestras de pensamiento colectivo, convirtiendo su estudio en la forma definitiva de inmersión en una cultura.

Precisamente en clase de coreano fue cuando terminé de cerrar el círculo de la telaraña, cuando hace unos días aprendí que al hablar de los miembros de la familia no se usa che que es el equivalente al posesivo mi. En su lugar, se usa la palabra uri que significa nuestro. Nuestros padres, nuestros abuelos. Yo, como denostada hija única, dirigí a mi profesora la pregunta: “¿Y si mi madre es sólo mi madre, porque no tengo hermanos, puedo usar che?” Ella, con apenas unos milisegundos de vacilación me respondió: “Usa uri. Es costumbre.”

Postdata: Otro día hablaremos de las moscas que se posan en las telarañas. O quizás no.

ELOGIO DE LA IMPERFECCIÓN

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Terraza en la residencia de estudiantes. Como podéis ver, tengo los pies destrozados por picaduras de mosquitos.

Esta es una entrada de tranquilidad y reflexión sin ingredientes potenciadores del sabor. Así que echad mano a vuestro macchiatto, thai latte, agua fría con rodaja de limón o incluso un gin tonic los que os veáis más entonados, y reposad vuestros pies tal y como veis en la imagen. También vale con galletas.

Las fotos de atardeceres ideales con unos pies están demasiado vistas. Las fotos de atardeceres ideales con unos pies comidos por los mosquitos no tanto. Así que he elegido esta foto porque puede ilustrar el tema de hoy: la imperfección existe y está allá donde vayas.

Se acaban las vacaciones de Chuseok y mañana vuelven las clases, la operación retorno copa las carreteras coreanas mientras servidora lleva un par de días de reclusión en Songdo después de una superdosis en vena de Seúl. Pero he decidido que aún no es el momento de hablar de Seúl. Hay varias historias y anécdotas que responden como motivos; algunas son muy poéticas y metafóricas, otras abochornantes y poco dignas. Como en “La vida de Pi”, me voy a quedar con la que engloba las que más me gustan: no estoy preparada.

Y es que, ¿cómo voy a permitirme hablar de una ciudad que aún he vivido tan poco? De Seúl apenas he olido su perfume al pasar, y sólo puedo decir que quiero más. Quiero pintarme los labios al estilo de las coreanas, entenderme con los tenderos sin expresarme como un telegrama andante y pasear mis piernas heladas desnudas en otoño por Hongdae. Entonces, hablaré de Seúl. Mientras tanto, podéis ver muchas fotitos en Instagram.

Por eso, hoy voy a hablar de mi reclusión en Songdo, en los confines de una residencia vacía, pues la mayoría de residentes se ha ido todo el puente. Un tema soso a primera vista, pero esencial, porque también forma parte de mi viaje. Al ser Chuseok, casi todo ha estado cerrado estos últimos días, así que cuando volvimos de Seúl nos encontramos con que no había mucho que hacer por aquí. Y aunque algunos de mis compañeros hoy se han ido a Incheon de excursión, yo he decidido quedarme, he aprovechado para hacer la compra, la colada, balance de los gastos, embadurnarme de pomada para las picaduras (duelen mucho), dejar el cuarto como los chorros del oro y estudiar geografía de la Norteamérica colonial de 1754.

Mientras tendía mi ropa en un tendedero prestado de una chica china me he dado cuenta de que aún representando el esperpento en forma de una psicóloga española estudiando literatura americana en Corea tendiendo su ropa en el tendedero de una china, la vida no puede ser una aventura el cien por cien del tiempo. A veces lo único que te apetece hacer es dejar pasar las horas sin hacer nada interesante que merezca la pena destacar. Dedicarte a cuidar tu cotidianidad.

Esta entrada está dedicada a lo imperfecto y si cuento todo esto es para poner en relieve que, con los pies en alto, a 10000 kilómetros de casa, contemplando la caída del sol más rojo que he visto en mi vida mientras me rasco ferozmente hasta hacerme sangre, sólo soy una persona disfrutando de un paquete de galletas. Y ya sé que eso no vende, pero es real. Y mola mucho.

Postdata: El agua con una rodaja de limón se ofrece en los sitios finos aquí en Corea. Beber lejía tiene que ser más agradable.

¿POR QUÉ COREA?

Esta es la primera y principal pregunta que me han hecho en los últimos meses, comenzando por mi familia y mis amigos. Y mi respuesta, normalmente, ha sido un un escueto: ¿y por qué no?

Claro que decir eso y no decir absolutamente nada colindan pero es que, analizándolo bien, la pregunta es absurda por comparación. Cuando hace un par de años me concedieron un Erasmus para Suiza, nadie me preguntó “¿por qué Suiza?”, porque de alguna forma todos tenemos una imagen de Suiza. ¿Por qué no se plantea con la misma intensidad cuando la gente se va a Italia, Canadá, o incluso China? Mucha gente puede vislumbrar los motivos para irse a alguno de esos países, aquellos de los que una persona cualquiera de nuestro país puede dibujar en su mente una informativa caricatura.

Y es que parece que si tenemos una etiqueta clara en nuestras mentes sobre algo, somos capaces de empatizar más. Por eso Estados Unidos es lejano, pero no se cuestiona, porque se le conoce como el país de las oportunidades, y Japón es aún más lejano pero representa un exotismo conocido y catalogable.

Pero si preguntamos por Corea, mucha gente solo sabrá que hay dos, Norte y Sur, barcos tortuga, K-pop y BB creams, dependiendo de a quién preguntes. Por eso, cuando le decía a la gente que me venía a Corea, lo primero era “qué lejos” y después, tras unos segundos de silencio, una cara que tan sólo podría describirse como: no data found. Justo a continuación, LA pregunta. Nunca he sido una especial friki de lo oriental, más allá del interés que pueda tener cualquier persona que disfrute viajando o simplemente aprendiendo cosas nuevas. Y hasta hace un año exacto, no sabía nada sobre Corea y tenía mis dificultades para situarla en un mapa.

Sé que todo lo que he expuesto hasta ahora, en vez de difuminar la pregunta inicial, que es mi principal objetivo, sólo la está acentuando: “¿y entonces por qué narices te vas a la otra punta del mundo a un país del que no sabes absolutamente nada?” De acuerdo, me rindo.

Sabía de la existencia de la beca para Corea de mi Universidad desde el principio de la carrera. Pero de la misma forma en la que sabes que hay cursos de olericultura. También sabía de la existencia de la Oficina de la Universidad de Incheon, un espacio de colaboración de la Universidad de Incheon donde se daba información, talleres y cursos sobre la cultura coreana. En mi barrido habitual de paredes y corchos, di durante algunos años con carteles sobre un concurso de ensayo sobre literatura coreana, impulsado por la Oficina.

“Qué lastima que yo no tenga ni idea de la literatura coreana” – pensaba para mí. Y me imaginaba a los eruditos participantes del concurso como eminencias subidas a pedestales, elevando al aire obras maestras de tapa dura mientras declamaban en perfecto coreano.

Hasta que en septiembre del año pasado vi de nuevo el cartel y me dio por preguntar. Me dijeron que lo que se buscaba era un ensayo con una visión personal sobre la obra. Y entonces me encontré con la posibilidad de poder leer un relato inédito en español, exclusivamente traducido para la ocasión, y que encima se me permitiera dar rienda suelta a mis parrafadas sobre el mismo. Perfecto. Lo que yo no me esperaba es que el relato me atrapara, me cogiera de la mano y tirara de un hilo que me ha traído hasta aquí. El relato era crudo, directo, sincero y con una fuerza enorme, características que después también descubriría en otras obras coreanas.

Para documentarme, me empecé a informar sobre el idioma coreano y sus peculiaridades, exploré Seúl desde Google Maps para familiarizarme con las zonas que aparecían en el relato. En el mismo se mencionaba también algo llamado kimchi, y anduve caminos de Wikipedia, dando saltos entre gastronomía, cultura, historia, geografía y fotos. Y era como una niña con zapatos nuevos. ¿No es fantástico construir algo desde cero, algo sobre lo que no tienes ningún conocimiento?

El relato era Soom (Aliento), de la autora Cheon Eun Young. Dos meses después pedí la beca. Cuatro meses después, me la concedieron. Y aquí estoy. “¿Te fuiste a Corea porque te gustó un relato que leíste?” Supongo que la realidad no es tan simple, pero si lo fuese: ¿y por qué no?

Postdata: Al final nunca me fui a Suiza y el concurso lo gané, pero esa es otra historia.

SER ESTUDIANTE UNIVERSITARIO EN COREA

Me he decidido por un título didáctico, ilustrativo, como un libro de instrucciones paso a paso, que nos convertiría en un estudiante modelo en este país. Llevo apenas tres días de clases en la Universidad de Incheon, en Songdo. Como sabéis los que hayáis leido el apartado Sobre mí, soy estudiante de Psicología, pero, como una de las últimas estudiantes de Licenciatura, tengo lo que se llama créditos de libre configuración, que puedo completar con cualquier tipo de contenido. Por eso mis escasas asignaturas se adscriben al Departamento de Literatura y Lengua Inglesas. Y también coreano, por supuesto, aunque no empiezo hasta dentro de una semana.

Para ser un estudiante tipo en Corea, hay que reunir las siguientes condiciones:

Respeto. Estoy descubriendo que, desde mi limitado y occidentalizado punto de vista, a veces el respeto puede confundirse con la indiferencia o directamente con el rechazo. En España, cuando un profesor lanza una pregunta al aire, la presión grupal hace que alguien responda, aunque sea tímidamente. Incluso por el mero hecho de establecer contacto visual con un alumno, se crea un hechizo que obliga a manifestarse, a hablar. En Corea, el profesor se enfrenta solo a una masa informe de receptores de información. Salvo excepciones, las preguntas lanzadas al aire se quedan flotando solas. Hasta el punto que el docente entona un: “¿se me oye?”, un mensaje en una botella a un mar de manso respeto, sin olas de debate, solo observación y registro de información. A veces el profesor tiene que recurrir a decir un nombre de la lista para obtener una respuesta.

Quizás es que en Occidente nos planteamos más el por qué, cuestionamos cada palabra y exigimos a la persona que está ante nosotros que nos convenza, que nos venda lo que afirma. Somos contestones y, ante los ojos de el sistema oriental, tenemos un punto impertinente, posiblemente amamantado por nuestro arraigado estilo socrático, donde la discusión se entiende como escalera hacia el aprendizaje, el conocimiento. El otro día os enseñé el juramento que hice respecto a las reglas de mi residencia. Una de ellas me exige que acepte sin discusión los castigos que se deriven de mi posible mal comportamiento. Si soy castigada o reprendida, no se acepta la cultura de la excusa. Dan igual los motivos; agacha la cabeza y acepta tu culpa. Este sistema, ni mejor ni peor, es simplemente fascinante.

Descanso. En descargo de lo anterior, es posible que mis compañeros de clase estén simplemente mental y físicamente agotados. Durante la época de instituto están sometidos a enorme presión. Corea, a la cabeza de los países con mayor número de suicidios, encuentra en esta situación un problema nacional. Los adolescentes, que salen del instituto por la noche, para seguir estudiando, ven en la entrada a la Universidad las puertas del cielo, sólo que en vez de San Pedro, están la sociedad y el status quo académico, que exigen un enorme esfuerzo al estudiante medio. Pero, ah, una vez entran en la Universidad, las cosas cambian. La etapa universitaria es un pequeño oasis entre el esfuerzo adolescente y el adulto. Eso, unido al consumo intensivo de alcohol, lleva a situaciones absurdas, como las que más adelante cuento.

Sinceridad. Las excusas no existen, Pero igual que se aceptan los castigos humildemente, también la verdad se acepta con benevolencia. En algunas asignaturas, llegar dos o tres veces tarde cuenta como una ausencia y las ausencias bajan la nota. Estando en una de las clases, al poco de comenzar y tras pasar lista, el profesor dice:

“Los que hayan llegado tarde, que levanten la mano.”

Y varias manos se alzan en el silencio de la clase. El profesor toma nota de sus nombres, y la clase sigue. No hay conflicto, no hay quejas o excusas, al igual que no hay reproches. No existe tensión, ni estado de excepción por parte del profesor, tampoco por parte de los alumnos. Acaba de suceder un acto de lo más corriente. Pero para mí no puede serlo. Imposible.

Pero lo más absurdo es lo que mi compañera de cuarto me contó sobre lo que había pasado en una de sus clases. Tras preguntar la profesora, lista mediante, por el trabajo programado para ese día a un alumno, este le respondió que no lo tenía hecho. El día anterior había estado “bebiendo, bebiendo y bebiendo”. “¿Y tienes resaca?” “Sí”. Y ya está. La naturalidad de la verdad en estado puro. No hay ofensa.

Postdata: La semana que viene no tengo clases hasta el jueves, porque es el Chuseok, una fiesta coreana comparable a la Acción de Gracias americana. La gente sale de Seúl para volver a su tierra familiar y compartir unos días juntos. Nosotros, como no tenemos familia aquí, posiblemente vayamos a visitar una versión vacía de Seúl, viajando al revés que el resto del país. Estad atentos a Instagram si queréis seguir el día a día de este puente.

GRACIAS, ESTUDIANTE, PERCHA

Cuando llegué a Corea, hace una semana y tres días, mi primera palabra fue “Gracias”, también la segunda, la tercera y la decimocuarta. Al llegar caía una manta de agua tropical. Después de once horas de vuelo y veinte minutos desde el aeropuerto, me vi sola en Unseo Station, con una maleta demasiado grande para mí y una mochila con libros que no cabían en la anterior, viendo desde la puerta la lluvia caliente bailar libre por la calle. Torrencial, tropical y pegajosa, que no parecía que fuese a parar en horas.

Que propio, pensé, entrar de lleno en el país, y empaparme mental y físicamente desde el primer día. Vislumbré al otro lado del mar una parada de taxis y no había otra. Apenas podía proteger los libros, no hablemos ya de la maleta o de mí misma.

En medio de unas escaleras la maleta sigue su curso con la gravedad sin mí, la bolsa con los libros empieza a calar, como mi moral. De repente aparece un paraguas negro sobre mi cabeza y la manga de una camisa blanca tan impoluta como aburrida, y a la manga le sigue un hombre de mediana edad que me dice un correctísimo “Poor girl”. Y yo le dedico mi primer “Gamsahamnida”, y le señalo los taxis en la distancia. Me ayuda a recoger la maleta de su excursión submarinista y a subirla por las escaleras. Hago del “gamsahamnida” mi mantra, lo repito cada cierto tiempo mientras avanzamos bajo el agua. Unos litros después, llegamos y aterrizo en un taxi, me pregunta en inglés que si vengo a trabajar y yo sonrío y me despido con un “hakseng”. Estudiante.

Señor coreano, esté donde esté, GRACIAS. En perfecto castellano, que mi coreano incipiente debió resultarle repetitivo.

Postdata: Percha se dice “otkeori” y es mi palabra favorita del coreano. Me la enseñaron cuando quise pedir unas en un hipermercado, y fue mi tercera palabra hablada con un nativo. Desde ese momento, todo va mucho más fluido.