ECUADOR DE UN VIAJE

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Songdo de Noche, desde el canal del Central Park y el puente que lo cruza. 

Dos semanas largas, de dormir poco, dos semanas de exámenes y aquí estoy, en el primer martes de noviembre en Corea. No estoy tan desaparecida como cabría esperar, pero me ha gustado escuchar o leer el “¿dónde te metes?” que todos queremos recibir de vez en cuando y que nos anima a seguir cuando las energías bajan.

¿No os ha pasado nunca eso de tartamudear al intentar decir muchas cosas a la vez? Así me llevo sintiendo los últimos días que he tenido libres, cuando he podido mirar de nuevo al teclado para plantearme el seguir contando mi viaje. Pero el teclado me ha devuelto una mirada triste. Y es que quiero hablaros de Busán, que visité en un oasis entre exámenes y exámenes. Quiero empezar a dibujaros Seúl, despacio, masticando bien y sin deglutir. Quiero contaros cosas pequeñas, insignificantes, pero enormes, como el tiempo o las telarañas. Y es que ha llovido mucho sobre la lluvia que me recibió a finales de agosto y que os conté aquí.

Siento que me tiembla la voz, o el pulso, si hablamos de dedos, cuando pienso que hace ya más de diez días que dejé atrás el ecuador de mi viaje. Y es que, a día de hoy, parece que mi aventura con Corea termina más pronto que tarde, aunque nunca se sabe con certeza. Qué poco he contado, diréis. Pero qué cuánto he vivido, y eso me ha impedido contar más. Por eso, cuando el tiempo apremia, parece que es más difícil relajar las experiencias y dejar que fluyan como si no hubiese una fecha límite, amenazadora, obligándote a dejar cerrada una etapa.

Pero esta etapa por el momento no cierra, y os invito a asistir a su madurez y desarrollo. Me queda mucho por contaros, de lo que ya he vivido y de lo que aún desconozco, y os escribo esto para sentar las bases de lo que queda de Objetivo Corea: muchas más historias, muchas más fotos y todavía más anécdotas y momentos capturados en este país, que ya son míos aunque no estén plasmados y que pienso compartir con toda aquella persona que pase por aquí y me lea.

Quizás parte de la belleza de este momento es que he mirado por encima de la línea del horizonte y he visto España acercándose. Y Corea se ha convertido en un barco que ha partido ya y que me lleva de vuelta a casa, lenta, sí, pero inevitablemente. Y pienso tocar, como los músicos del Titanic, hasta que no quede cubierta y mis pies toquen un avión que no pertenezca a ningún lugar. Quedáis invitados a esta coda, o a este concierto inaugural del resto de mi vida. Lo mismo es.

Postdata: Dentro de poco subiré un vídeo a Instagram grabado en Busán no apto para todos los estómagos. Pero antes, os pediré vuestra ayuda. Os lo cuento en próximas entradas.

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ELOGIO DE LA IMPERFECCIÓN

Terraza resi
Terraza en la residencia de estudiantes. Como podéis ver, tengo los pies destrozados por picaduras de mosquitos.

Esta es una entrada de tranquilidad y reflexión sin ingredientes potenciadores del sabor. Así que echad mano a vuestro macchiatto, thai latte, agua fría con rodaja de limón o incluso un gin tonic los que os veáis más entonados, y reposad vuestros pies tal y como veis en la imagen. También vale con galletas.

Las fotos de atardeceres ideales con unos pies están demasiado vistas. Las fotos de atardeceres ideales con unos pies comidos por los mosquitos no tanto. Así que he elegido esta foto porque puede ilustrar el tema de hoy: la imperfección existe y está allá donde vayas.

Se acaban las vacaciones de Chuseok y mañana vuelven las clases, la operación retorno copa las carreteras coreanas mientras servidora lleva un par de días de reclusión en Songdo después de una superdosis en vena de Seúl. Pero he decidido que aún no es el momento de hablar de Seúl. Hay varias historias y anécdotas que responden como motivos; algunas son muy poéticas y metafóricas, otras abochornantes y poco dignas. Como en “La vida de Pi”, me voy a quedar con la que engloba las que más me gustan: no estoy preparada.

Y es que, ¿cómo voy a permitirme hablar de una ciudad que aún he vivido tan poco? De Seúl apenas he olido su perfume al pasar, y sólo puedo decir que quiero más. Quiero pintarme los labios al estilo de las coreanas, entenderme con los tenderos sin expresarme como un telegrama andante y pasear mis piernas heladas desnudas en otoño por Hongdae. Entonces, hablaré de Seúl. Mientras tanto, podéis ver muchas fotitos en Instagram.

Por eso, hoy voy a hablar de mi reclusión en Songdo, en los confines de una residencia vacía, pues la mayoría de residentes se ha ido todo el puente. Un tema soso a primera vista, pero esencial, porque también forma parte de mi viaje. Al ser Chuseok, casi todo ha estado cerrado estos últimos días, así que cuando volvimos de Seúl nos encontramos con que no había mucho que hacer por aquí. Y aunque algunos de mis compañeros hoy se han ido a Incheon de excursión, yo he decidido quedarme, he aprovechado para hacer la compra, la colada, balance de los gastos, embadurnarme de pomada para las picaduras (duelen mucho), dejar el cuarto como los chorros del oro y estudiar geografía de la Norteamérica colonial de 1754.

Mientras tendía mi ropa en un tendedero prestado de una chica china me he dado cuenta de que aún representando el esperpento en forma de una psicóloga española estudiando literatura americana en Corea tendiendo su ropa en el tendedero de una china, la vida no puede ser una aventura el cien por cien del tiempo. A veces lo único que te apetece hacer es dejar pasar las horas sin hacer nada interesante que merezca la pena destacar. Dedicarte a cuidar tu cotidianidad.

Esta entrada está dedicada a lo imperfecto y si cuento todo esto es para poner en relieve que, con los pies en alto, a 10000 kilómetros de casa, contemplando la caída del sol más rojo que he visto en mi vida mientras me rasco ferozmente hasta hacerme sangre, sólo soy una persona disfrutando de un paquete de galletas. Y ya sé que eso no vende, pero es real. Y mola mucho.

Postdata: El agua con una rodaja de limón se ofrece en los sitios finos aquí en Corea. Beber lejía tiene que ser más agradable.

SONGDO, MI AMOR

Songdo
Songdo International City desde Central Park. Impresiona.

“Parece recién sacada de “Origen”

Paseamos por Songdo y un compañero, estudiante de arquitectura, hace esa observación. Asiento enérgicamente, es exactamente esa sensación. Pero, ¿en qué se parece Songdo a la película de Christopher Nolan? En que te sientes caminando por un sueño, pero un sueño construido, pensado al milímetro, diseñado hasta el último detalle. Tan perfecto que no parece real.

Esta ciudad recién nacida, envuelta en verde y cristal, ha sido creada de la nada, robada al mar y provista de toda las tecnologías habidas y por haber. El proyecto, aprobado en 2003 y planificado para que termine en 2015, la convertirá en la ciudad con las infraestructuras más modernas del mundo. ¿Quién dijo miedo?

¿Qué le falta? Gente, pues aún está despoblada en gran parte, aunque no dejan de construir pisos y más pisos. Sabor, especialmente. Quizás es que el Viejo Continente tira demasiado, pero le concedo a lo antiguo el lugar que se merece. El hilo musical que te acompaña mientras caminas entre los edificios solo contribuye a la sensación de irrealidad. Faltan olores y achaques que resulten característicos. Songdo es como una hermosísima coreana, tras alguna que otra operación estética prototípica. Faltan décadas para que vaya tomando su fuerza propia. Como esos antiésteticos cables descubiertos en Seúl que para mí le conciben gran parte de su encanto.

Será que me tira más el atractivo que la guapura. Así, Songdo es despampanante, perfecta, como un sueño dentro de un sueño. Pero de momento es lejana, aséptica y parece que sonríe forzada, como una tensa recién llegada que se sabe observada. Sin embargo, estoy segura que dentro de unos años sería capaz de enamorarme de ella. Hasta las trancas.

Postdata: Hoy ha sido el primer día del semestre, y el campus se ha llenado de gente. Cómo cambian los sitios cuando hay vida. Podéis verlo en Instagram (@objetivocorea). Mañana será mi primera clase. Ya os contaré.