NUESTRA TELARAÑA, NUESTRA MADRE

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Una telaraña en un puente de estructura ultramoderna en mitad de Central Park, en Songdo.

Me llama la atención la cantidad de telarañas que he podido ver en los casi dos meses que ya llevo en Corea. No creo que sea cuestión de que en España tengamos menos arañas, pero pasan más desapercibidas y hacemos más por eliminar sus vestigio, quizás porque las asociamos a la falta de limpieza y a lo viejo. En un país sin apenas papeleras como es Corea, donde se defiende a ultraje el reciclaje y cada uno guarda su basura para tirarla en su propia casa, sorprende ver en cualquier esquina de la ciudad enormes telarañas, a veces con su inquilina descansando tranquilamente en su entramado.

Esta me llamó especialmente la atención. Una telaraña gigantesca en una ciudad diseñada y construida de la nada como es Songdo, que tiene el sistema de basuras más moderno del mundo y donde no es extraño ver pequeños droides sobrevolando las calles, grabando o haciendo fotos. En uno de los puentes que cruzan el canal de Central Park, un esqueleto de metal de menos de un lustro de vida, descansaba como si nada la telaraña que podéis ver en la foto. Impertérrita ante tanta modernidad, estática y a la vez viva. Y ahí estaba, una estructura organizada conviviendo con otra. Una de metal, otra de seda. Una natural, otra de diseño humano.

Y en esa continua búsqueda de metáforas hermosas, me pregunté si al fin y al cabo Corea del Sur no se trata de eso. Una nación bien armada en acero, brillante, moderna y funcional; de la que sin embargo penden grandes estructuras jerárquicas, sociales y culturales. Pero no nos confundamos, no hablo de lastres. Olvidando la araña que la crea y el concepto negativo asociado a las telarañas, ¿no tienen esa especie de hermosura y simetría que nos hace maravillarnos de la capacidad de la naturaleza?

Me maravilla, igualmente, el funcionamiento asiático del que Corea es un ejemplo fascinante. Por su situación geográfica, por su historia y por su ritmo actual (y por actual entendamos los últimos 60 años). Alguien me dijo que la península coreana era como la Polonia de Asia. Hablando ayer con una amiga que está de Erasmus allí, me fue imposible no establecer el paralelismo. Invadida y arrasada a lo largo de los siglos y objeto de horrorosos crímenes de guerra (veáse el caso de las mujeres de confort, cuya historia aún es insuficientemente reconocida por el gobierno de Japón). En el caso de Corea, escindida cruentamente en dos de forma artificial y devastadora, con una consecuente guerra subsidiaria, que oficialmente sigue abierta, aunque ya desfasada y triste. El estado actual de las dos Coreas es un gramófono que sigue sonando con un disco rayado, cuando hace tiempo que los bailarines principales abandonaron la pista. Si os apetece una visión de conjunto, para mi gusto muy documentada, acertada e imparcial, podéis echarle un ojo a este genial post de Paella de Kimchi.

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“Masacre en Corea”, pintado por Picasso en 1951, fuertemente inspirado en la famosa obra de Goya. Fue recibido fríamente por la crítica y estuvo prohibido en Corea del Sur hasta 1990, por ser considerado antiestadounidense.

Por todo esto, una no puede dejar de empatizar con Corea y hacer por entender muchas de las costumbres de este lugar que por el siglo XVII era conocido como el “Reino Ermitaño”. Corea se siente orgullosa de sus telarañas como se siente de sus tradiciones y su cultura -a pesar de que no dejen de maravillarse cuando un occidental balbucea algo en coreano-. Y siguiendo el hilo -la telaraña- del idioma, no me canso de afirmar que éste nos regala grandes muestras de pensamiento colectivo, convirtiendo su estudio en la forma definitiva de inmersión en una cultura.

Precisamente en clase de coreano fue cuando terminé de cerrar el círculo de la telaraña, cuando hace unos días aprendí que al hablar de los miembros de la familia no se usa che que es el equivalente al posesivo mi. En su lugar, se usa la palabra uri que significa nuestro. Nuestros padres, nuestros abuelos. Yo, como denostada hija única, dirigí a mi profesora la pregunta: “¿Y si mi madre es sólo mi madre, porque no tengo hermanos, puedo usar che?” Ella, con apenas unos milisegundos de vacilación me respondió: “Usa uri. Es costumbre.”

Postdata: Otro día hablaremos de las moscas que se posan en las telarañas. O quizás no.

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